En medio del avance de las negociaciones multilaterales en la COP30, que concluyó el pasado sábado 22 de noviembre en Belém, Brasil, El Salvador oficializó la presentación de su Actualización de Contribución Determinada a Nivel Nacional (NDC, por sus siglas en inglés). El anuncio ocurrió en un espacio reducido del pabellón nacional, lejos del protagonismo de otros países latinoamericanos, pero marcó un movimiento estratégico para incorporarse a la discusión regional sobre resiliencia y financiamiento climático.
Aunque la presentación tuvo una asistencia limitada, el gesto coloca al país en el mapa de las economías que buscan redefinir su trayectoria de adaptación y mitigación. En un contexto donde la inversión climática se ha convertido en un factor determinante para la competitividad, los compromisos asumidos en la NDC salvadoreña serán clave para acceder a cooperación internacional, atraer capital verde y reducir la vulnerabilidad económica ante eventos extremos.

Una región que busca presentarse como bloque
La dinámica de la COP30 evidenció un esfuerzo renovado por mostrar cohesión entre los países de Centroamérica y República Dominicana. En el pabellón de la Comisión Centroamericana de Ambiente y Desarrollo (CCAD), ubicado en el área afectada por un incendio días atrás, representantes de los países del istmo resaltaron la importancia de fortalecer la coordinación regional.
Por primera vez en años, Centroamérica llegó a una COP con actividades conjuntas, reuniones ministeriales previas y una narrativa común: la región necesita condiciones especiales de financiamiento, particularmente dentro del fondo de daños y pérdidas, debido a su alta vulnerabilidad socioeconómica.
Este enfoque colegiado busca elevar el perfil del istmo en negociaciones donde históricamente ha tenido una participación fragmentada. Para economías caracterizadas por bajos niveles de ingreso y una alta dependencia del clima para sus actividades productivas, la unidad se convierte en un activo político y financiero.
El impacto económico de una región altamente vulnerable
Centroamérica enfrenta una doble exposición: pobreza estructural y una geografía que incrementa el riesgo frente a fenómenos extremos. Países como Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua reportan tasas de pobreza superiores al 50%, situación que limita la capacidad institucional y comunitaria para adoptar medidas preventivas o reconstruir infraestructuras críticas.
A esto se suma la recurrencia de un clima cada vez más extremo. Sequías severas en mayo seguidas de lluvias intensas en junio —como ocurrió el año pasado— generan pérdidas multimillonarias en infraestructura, agricultura y vivienda, afectando tanto la estabilidad fiscal como la seguridad alimentaria.
Desde la perspectiva económica, este ciclo de destrucción y reconstrucción permanente retrasa el crecimiento, aumenta la desigualdad y reduce la confianza de inversionistas en sectores estratégicos expuestos al clima.
Financiamiento sin deuda: la gran demanda regional
La región plantea un mensaje claro en la COP30: el financiamiento climático debe reconocer las particularidades centroamericanas y evitar instrumentos que incrementen la deuda pública. Con economías que ya enfrentan limitaciones presupuestarias, acceder a fondos concesionales y recursos no reembolsables es fundamental para garantizar inversiones en infraestructura resiliente, tecnología agrícola y prevención de desastres.
Además, el peso de la agricultura como motor económico vuelve urgente la adopción de esquemas de apoyo que permitan reducir la exposición de miles de productores a sequías, huracanes o variabilidad climática.
El rol de El Salvador en esta nueva narrativa
Aunque la presentación de la NDC salvadoreña se realizó sin mayor despliegue, forma parte de una estrategia más amplia para insertarse en la discusión global, pero con un enfoque regional. En un momento donde Centroamérica busca fortalecer su voz colectiva, la participación del país en estos espacios puede abrir oportunidades para acceder a financiamiento verde, impulsar proyectos de transición energética y mejorar la capacidad de respuesta ante emergencias climáticas.
Mientras la COP30 se encamina a su cierre, el mensaje es claro: Centroamérica necesita apoyo diferenciado y mecanismos financieros que tomen en cuenta su vulnerabilidad y sus limitaciones estructurales. Y El Salvador, como sus vecinos, enfrenta el desafío de traducir compromisos climáticos en políticas públicas que no solo mitiguen riesgos, sino que impulsen un desarrollo económico más sostenible y resiliente.