El Diario de Hoy anunció el final de su edición impresa. Hoy 28 de marzo es su última portada en papel y esto no ocurre en el vacío.
Existe una justificación de la consecuencia “natural” a raíz de la digitalización. Pero esa explicación, aunque cómoda, es incompleta.
Estamos en la digitalización desde hace una década atrás, EDH se suma a Diario El Mundo que también ha había dado el mismo paso. El verdadero problema no es el formato, es la desconexión.
La forma en que las personas consumen información cambió radicalmente, y no todos los medios, ni sus líderes, han sabido leer ese cambio, incluyendo a la televisión y la radio.
Hoy el lector no es fiel por costumbre. Es selectivo por necesidad. Consume contenido en microformatos, en múltiples plataformas, en tiempo real y bajo una lógica donde la atención es el recurso más escaso. La noticia compite con todo: entretenimiento, ads, opinión, memes, influencers y algoritmos que deciden qué vemos y qué no.
En ese escenario, seguir operando bajo la lógica del periódico impreso, aunque sea en digital, era simplemente no entender el juego.
Aquí es donde entra una reflexión incómoda pero necesaria: los medios de comunicación, como precursores de líneas de pensamiento y conversación pública, tienen la responsabilidad de entender profundamente cómo se comporta hoy su audiencia. No desde la intuición. Desde datos, hábitos y contexto cultural.
Porque ya no se trata solo de informar. Se trata de conectar.
Y esa desconexión no solo afecta a los medios. También alcanza a las empresas y marcas que siguen invirtiendo en comunicación bajo esquemas que ya no responden a la realidad actual. Pretender impactar audiencias con estrategias de hace diez o cinco años es, básicamente, quemar presupuesto.
El ecosistema cambió. Y cambió para todos.
Hoy, los medios no solo compiten entre sí. Compiten con cualquier creador que entienda mejor a la audiencia. Compiten con plataformas que optimizan contenido en función de comportamiento. Compiten con la inmediatez y con la sobreinformación.
Por eso, la adaptación ya no es opcional. Es estructural. Implica replantear el modelo de negocio. Entender que la sostenibilidad no vendrá únicamente de la publicidad tradicional, sino de la diversificación: contenido de valor, comunidades, servicios, experiencias y, sobre todo, credibilidad.
Implica también redefinir el rol del periodista. Ya no basta con reportar hechos. Hoy se exige interpretación, contexto y, sobre todo, criterio. En un mundo donde la información sobra, lo valioso es saber qué importa y por qué.
Pero hay algo más.
La transición hacia lo digital no puede seguir siendo reactiva. No se trata de migrar cuando ya no hay opción. Se trata de anticiparse, de innovar, de construir modelos que respondan a cómo la gente vive, consume y decide hoy.
En esta nueva etapa, los medios que sobrevivan no serán necesariamente los más grandes o los más antiguos. Serán los que mejor entiendan a su audiencia, los que sepan adaptarse con inteligencia y los que logren algo que hoy vale más que cualquier rotativa: La confianza.
Por otra parte, hay una arista que no se puede ignorar: no entender el modelo de negocio también tiene consecuencias humanas. Impacta directamente en la empleabilidad de los medios de comunicación.
Hoy hay profesionales, periodistas, fotógrafos, editores, equipos completos, que se quedan sin una oportunidad. Y eso no es un dato frío. Es una realidad que duele.
Pero también es un punto de inflexión, porque así como los medios deben reinventarse, quienes formamos parte de esta industria también estamos llamados a hacerlo. El periodismo, la comunicación, la producción audiovisual… todas estas áreas están en evolución constante. Y resistirse al cambio ya no es una opción viable.
Adaptarse hoy no es solo aprender nuevas herramientas. Es replantear el rol, el valor que se aporta y la forma en que se construye relevancia profesional en un entorno completamente distinto.
Lo digo también desde mi propia experiencia como directora de medios digitales: posicionar un medio en el imaginario de las empresas, lograr credibilidad, construir audiencias… no ha sido un camino fácil. Ha requerido insistencia, aprendizaje constante y, sobre todo, entender que este nuevo ecosistema no premia la trayectoria, premia la capacidad de evolucionar.
Por eso, este momento, aunque complejo, también puede ser una oportunidad.
Una oportunidad para cuestionarse, para actualizarse, para explorar nuevas formas de ejercer la comunicación y para construir propuestas de valor que sí respondan a los tiempos que estamos viviendo.
Especialmente en países como el nuestro, donde los retos son mayores, pero también lo es la capacidad de reinventarse.
Cerrar la imprenta no es el final de nada. Es el punto donde ya no hay excusas y donde empieza una nueva etapa.

Artículo de Opinión
Elaborado por Rosy Mixco
Consultora de Comunicaciones y Relaciones Públicas Digitales