La mejora de los indicadores sociales asociados a la alimentación en El Salvador refleja un impacto directo en el desarrollo económico y la productividad del país. Entre 2016 y 2025, el hambre se redujo en 17.1 %, de acuerdo con el Índice Mundial del Hambre (GHI), un avance que evidencia una evolución positiva en las condiciones de vida, aunque todavía insuficiente para eliminar el problema por completo.
En la medición más reciente, El Salvador obtuvo un puntaje de 7.6 %, lo que lo ubica dentro de la categoría de hambre moderada. Este nivel indica que, si bien se han logrado progresos relevantes, aún existen sectores de la población —principalmente niños— con dificultades para acceder a una alimentación adecuada, un factor que limita el capital humano y la competitividad económica a largo plazo.
El informe, elaborado por Welthungerhilfe y Concern junto con el Institute for International Law of Peace and Armed Conflict, detalla una tendencia de mejora sostenida desde el año 2000, cuando el país registraba un puntaje de 13.6 %. Para 2008, el indicador descendió a 11.6 % y en 2016 se situó en 8.9 %, consolidando una reducción gradual vinculada a mejoras en salud, nutrición y acceso a servicios básicos.
Los datos también muestran avances en variables clave para el crecimiento económico. La mortalidad infantil en menores de cinco años cayó de 3.2 % en 2000 a 1.0 % en 2025, mientras que el retraso en el crecimiento infantil se redujo de 28.7 % a 9.4 % en el mismo período. No obstante, el informe advierte sobre un repunte en la emaciación infantil, una forma grave de desnutrición, que pasó de 2.1 % en 2016 a 2.9 % en 2025, un fenómeno que puede estar relacionado con la vulnerabilidad económica de ciertos hogares.

Panorama regional
A nivel de América Latina y el Caribe, el GHI promedio bajó de 13.2 puntos en 2000 a 8.2 en 2016, aunque el ritmo de mejora se ha desacelerado desde entonces, ubicándose en 7.9 puntos en 2025. Según el informe, la subalimentación afecta al 5.4 % de la población regional, lo que equivale a 34.6 millones de personas, una cifra que representa un desafío para la estabilidad social y el crecimiento económico de la región.
El índice señala que la persistencia del hambre está ligada a factores estructurales como la pobreza, la desigualdad y la fragilidad de los sistemas alimentarios, además de impactos derivados del cambio climático, los desplazamientos y la inestabilidad económica en varios países.
En Centroamérica, Guatemala destaca por registrar una de las tasas más altas de desnutrición crónica infantil a nivel mundial. De acuerdo con el índice, cerca de la mitad de los niños menores de cinco años presenta retraso en el crecimiento, con mayor incidencia en comunidades indígenas y rurales. Organizaciones como Ayuda en Acción advierten que, pese a los programas sociales, la combinación de pobreza, crisis climática y vulnerabilidad económica ha limitado los avances.
En el caso salvadoreño, Ayuda en Acción desarrolla iniciativas en el distrito de Masahuat, en Santa Ana Norte, orientadas a fortalecer la autonomía económica de las familias, especialmente de las mujeres, como un mecanismo para mejorar la seguridad alimentaria. La organización concluye que la reducción sostenida del hambre depende menos de la falta de soluciones y más de la aplicación consistente de políticas integrales que impulsen el desarrollo local, fortalezcan la resiliencia climática y prioricen a las poblaciones más vulnerables.