La evolución del conflicto en Medio Oriente se perfila como el principal factor de riesgo para la economía global en 2026. Más allá de la tensión geopolítica, la duración del enfrentamiento será determinante: un episodio breve podría contener los impactos, pero una escalada prolongada amenaza con desestabilizar mercados clave como energía, inflación y financiamiento.
Desde el inicio de la guerra entre Israel-Hamás, los analistas advertían sobre un posible efecto dominó en la economía mundial. Hoy, ese riesgo se materializa en uno de los puntos más sensibles del sistema energético global: el Estrecho de Ormuz, por donde circula cerca del 20% del petróleo mundial.
Energía cara: el primer golpe a la economía global
El reciente repunte del petróleo por encima de los 100 dólares por barril refleja la creciente incertidumbre en los mercados. Según el Fondo Monetario Internacional, un aumento sostenido del 10% en el precio del crudo puede elevar la inflación global en 0.4 puntos porcentuales y reducir el crecimiento económico entre 0.1 y 0.2 puntos.
Aunque estos efectos pueden parecer moderados, su impacto es más severo en economías emergentes. En América Latina, donde la energía tiene un peso significativo en la canasta de consumo, el encarecimiento del petróleo no solo impulsa la inflación, sino que también endurece el acceso al crédito.
Los canales de impacto en América Latina
El conflicto no afecta a la región de manera directa, sino a través de múltiples vías que se refuerzan entre sí:
- Energía: el aumento del petróleo eleva costos de transporte, electricidad y producción.
- Inflación: el encarecimiento de bienes básicos reduce el poder adquisitivo.
- Financiamiento: tasas de interés más altas limitan el acceso a crédito.
- Confianza: la incertidumbre frena inversión, consumo y turismo.
Este efecto combinado podría interrumpir el ciclo de reducción de tasas de interés que varios bancos centrales habían iniciado en la región, prolongando un entorno financiero restrictivo.
Mercados financieros bajo presión
La volatilidad internacional también impacta los mercados financieros. El aumento del riesgo global amplía los costos de financiamiento para gobiernos y empresas, especialmente en economías con menor calificación crediticia.
Incluso países con mayor tamaño económico, como Brasil o México, enfrentan condiciones más estrictas cuando los inversionistas priorizan activos seguros ante escenarios de incertidumbre prolongada.
Turismo e inversión: víctimas silenciosas
El deterioro de la confianza también tiene efectos en sectores clave. Economías con alta dependencia del turismo, como República Dominicana, Costa Rica o Panamá, podrían experimentar una caída en la llegada de visitantes, afectando ingresos y empleo.
En paralelo, proyectos estratégicos en energía y recursos naturales, como el desarrollo de Vaca Muerta en Argentina, dependen de la estabilidad de precios y expectativas para sostener la inversión.
Petróleo caro: una región con ganadores y perdedores
El impacto del alza del crudo no será uniforme. Países exportadores como Brasil y Colombia podrían beneficiarse de mayores ingresos fiscales y externos, mientras que economías importadoras enfrentarán mayores presiones inflacionarias.
De acuerdo con Bloomberg Economics, si el petróleo se mantiene por encima de los 100 dólares, las principales economías latinoamericanas podrían aumentar sus exportaciones en hasta 59 mil millones de dólares, aunque este beneficio se vería parcialmente compensado por mayores costos de importación energética.
En el caso de Colombia, estimaciones de Morgan Stanley indican que un incremento del 10% en el precio del petróleo podría mejorar su balanza comercial en cerca de 0.8% del PIB.
Sin embargo, países como Chile y Perú enfrentarían el escenario opuesto: mayor inflación y menor crecimiento, aunque con cierto alivio por el alto precio de minerales como cobre y oro.
Una variable crítica: el tiempo
El desenlace económico dependerá, en gran medida, de la duración del conflicto. Un escenario de corta duración permitiría contener la volatilidad, pero una guerra prolongada —con impacto en rutas marítimas e infraestructura energética— podría consolidar un entorno de alta inflación, tasas elevadas y menor crecimiento global.

